Piqué, no dejes que la realidad nos estropee un buen titular

Gerard Piqué abandona la selección española de fútbol. El central barcelonista deja la Roja harto de las insidias que ha tenido que leer en las redes sociales sobre sus presuntos desplantes a España y a sus símbolos. El último, el bulo viral de que se cortó las mangas de la camiseta la noche del partido contra Albania para no tener que jugar con los colores de la rojigualda mojando sus brazos.

Piqué es un jugador de una calidad extraordinaria y una capacidad intelectual superior a la media, pero tiene también un carácter contradictorio. Lo mismo se muestra sensato y brillante que se vuelve insoportable en décimas de segundo y saca su perfil más faltón, maleducado y arrogante. Y si a eso se le añade que es la pareja estable de una estrella mundial del pop como Shakira y que tiene demasiados ataques de sinceridad imprudente, tenemos la combinación perfecta…y letal: Piqué es carne de cañón de las redes sociales. Para bien, pues tiene millones de seguidores, y para mal, pues concita todos los odios que se pueden reconcentrar en 140 caracteres.

Las redes sociales son una herramienta prodigiosa, un canal imbatible para la información y el entretenimiento y la gran plaza pública para la conversación global de millones y millones de ciudadanos, pero también es un repositorio de excrecencia, una isla para bucaneros anónimos que lo mismo le desean la muerte a un niño de ocho años con cáncer por la sola razón de que le gustan las corridas de toros o que se empeñan en machacar a un jugador de fútbol al que han condenado a la santa hoguera de su inquisición por sus ideas y comportamientos.

Pero lo que más preocupa del caso de Piqué no son las redes sociales, sino el uso que se le dan a estas redes desde los medios de comunicación y cómo su mala utilización está derivando en la creación de un periodismo histérico y compulsivo que se apunta a los linchamiento virtuales sin preguntar si lo que se dice en las redes se corresponde o se acerca a la verdad de los hechos.

Así, si alguien suelta que Piqué se ha cortado las mangas porque no soporta ver la bandera de España sobre sus codos, de inmediato la ‘noticia’ salta a los medios y acapara portadas y titulares sin que nadie se pare a comprobar si la información es verdadera, es una media verdad o es una pura falsedad obra del descerebrado de turno.

La trituradora mediática

Da igual si la información es una pura mentira. Todo vale en la trituradora mediática. Primero se da en las portadas sin recato alguno, como si lo que dijera cualquier tarado en twitter fuera la palabra de Dios hecha carne, luego se desmiente pegando gritos en las radios, más tarde se discute sobre ella en tertulias chusqueras donde gana el que grita todavía más y finalmente termina su ciclo vital al mediodía del día siguiente con algún reportaje propio del Sálvame en Deportes Cuatro.

Este circuito tóxico es la versión actualizada de un dicho muy cínico que circulaba por las redacciones que decía que nunca hay que dejar que la realidad te estropee un buen titular. En este caso le ha tocado a Piqué, pero la máquina de picar carne no para un solo día.

Por eso, convendría que los periodistas nos preguntáramos si no estamos haciendo un uso torticero de las redes sociales y cómo es que somos capaces de darles voz a tanta basura delirante y tanta bilis reconcentrada que circula por allí. ¿No se suponía que lo primero de lo primero era distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es? ¿O es que hasta eso lo hemos olvidado?

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