El Vogue se harta de las blogueras

Cuatro periodistas de Vogue han firmado un artículo contra las blogueras de moda cuyo contenido tiene más de alegato y de desahogo que cualquier otro adjetivo que queramos emplear. Según leo en El País, el alegato las describe como unas adolescentes advenedizas incapaces de mantener un estilo más o menos definido y las acusa de ser las futuras causantes de la muerte de la industria de la moda. Así, sin matices ni mayores explicaciones.

Más allá del berrinche, lo que llama la atención no es la virulencia del ataque, sino lo que se esconde detrás de él. Si un transantlántico del glamour como Vogue arremete de esta forma contra unas blogueras es que algo está cambiando en una industria editorial, la del periodismo de moda, que mueve millones de dólares y de euros y que parecía salvarse del gran cambio provocado por la irrupción de internet.

Vogue, con Anna Wintour a la cabeza, se ha vanagloriado durante décadas de ser la revista que marcaba las tendencias en el mundo de la moda. Y ahora se encuentra con que el enemigo que les está comiendo el terreno no es ninguna otra revista o publicación del sector, sino un grupo de blogueras que viven en Youtube y en Instagram y que desde allí marcan tendencia que siguen religiosamente millones y millones de seguidores de todo el mundo.

En el reino de las ‘influencers’

En un mundo en el que las grandes marcas editoriales se construyen a base de tiempo, constancia y calidad, las blogueras han roto todas las hojas de ruta del manual de cómo ser una reina de las revistas y se han convertido en unas influencers capaces de cambiar en cuestión de días las modas que se dictaban en los despachos de Manhattan de las grandes publicaciones del sector.

En realidad, algo así no nos debe sorprender. Internet ha roto las barreras del acceso a la información y ha permitido la entrada de nuevos actores en una industria como la del periodismo que funcionaba como un coto cerrado al que sólo podía acceder quien tuviera el músculo financiero para hacerlo.

Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue
Portada de la revista Vogue. Fuente: pinterest de Vogue

Y en el terreno que nos ocupa, ha permitido que muchas personas se hayan convertido en medios en sí mismos con una capacidad para conectar e influir en sus seguidores que ya quisieran para sí muchas publicaciones tradicionales.

El resultado es que todos conocemos a aficionados al fútbol que tienen más influencia que unos cuantos periódicos deportivos, a cinéfilos de cuya crítica depende que una película vaya bien en las taquillas mucho más que lo que pueda decir una revista de cine o a algún bloguero o bloguera de moda que tienen medio millón de me gusta cuando ponen una foto con su pantalón favorito.

Ante ello, las marcas periodísticas que son líderes en sus segmentos tienen dos opciones: intentar atraerlos a la causa, integrándolos en el sistema, o arremeter estérilmente contra los nuevos enemigos. A juzgar por su pataleta editorial, el Vogue ha elegido la primera opción y se ha decidido por defender agresivamente su imperio ante la llegada de estas bárbaras armadas con sus smartphones y sus cuentas de Instagram.

El tiempo dirá si esta arremetida les sirve para algo más que para un desahogo.

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